Había una vez un príncipe llamado Andrés. Su papá estaba siempre muy ocupado cuidando el reino y su mamá cuidando a los otros hijos, pero él como era el mayor no lo tenían que cuidar. Ese era Andrés, Andrés al que no tuvieron que cuidar.
¡Pero no había de que cuidarlo! Andrés no podía salir del palacioL.
Pero a el no le importaba, el castillo era enorme, ¿para que conocer más? ¿Era necesario? ¡No! Tenía cientos de habitaciones y kilómetros de jardín para recorrer.
Además, ¿que podía haber allá afuera? No tenia idea. Las rejas llegaban al cielo y estaban cubiertas por gruesas enredaderas… nunca vio nada afuera.
Tampoco se vio mucho a si mismo, en el castillo no habían espejos y el agua era color coral, así que no veía su reflejo, solo a los juguetones peces nadando, siempre nadando.
Pensarás que se aburría. Probablemente, pero él no lo notaba, ¡no conocía más!
Podía pasar horas jugando en el patio solo, haciendo carreras contra los animales que pasaban por ahí.
¡Jugar a las escondidas era su juego favorito! ¡Se escondía y se quedaba en su escondite hasta altas horas cuando escuchaba que su mama lo llamaba para que fuera a comer!
¡O hablando con los peces! Que sólo nadaban, pero se sentía bien hablando con ellos sin respuesta, ya que soñaba que en algún momento, un pez le respondería y lo haría sonreír.
Pero un día todo cambio: el día de su cumpleaños numero 16 como era tradición, a Andrés se le abrieron las puertas del castillo para que viera su reino. Pero tenia que recorrerlo solo.
Andrés salio un poco tarde, por miedo. Siempre estuvo solo, pero siempre en su castillo, donde no entraba nadie que lo hiciera sentir mal, su castillo, su hogar, su lugar privado, solo suyo y de nadie más: su mundo.
Ya salido el sol, Andrés dio un salto y salió fuera del palacio. Las puertas quedaron abiertas, pero prefirió seguir caminando.
¡Se encontró cosas nuevas! ¡Y vaya q cosas nuevas!
Mucha gente, ¡demasiada gente! Hombres como su hermano y mujeres como su hermana, pero eran todos diferentes y vio que cada uno tenía un castillito en su mano, ¡pero lo escondían!
¿Porque escondían su castillito?
Si yo pudiera llevar mi castillo en mis manos, ¡lo mostraría a todos para que vean lo lindo que es! – Pensó – aunque quizás lo normal es esconderlo…
Un día vio que los aldeanos se juntaban para ir a una fiesta. Nunca había ido a una, pero hace tiempo, jugando a las escondidas, había escuchado a dos jardineros hablando de una. ¡Y se oían muy divertidas!
Fue corriendo al lugar. Al principio no le gustó. ¡Mucha gente que parecía verlo y no importarle si estaba ahí al mismo tiempo!
Pero después de unas largas horas se acostumbró ¡y empezó a disfrutarla!
Vio como los hombres, como él, le pedían bailar a las niñas que estaban sentadas.
El quería hacer lo mismo así que buscó a alguna niña sentada. ¡En eso encontró una preciosa!
Que niña tan linda – se dijo Andrés.
La saco a bailar y estuvieron así largas horas.
Hasta que Andrés noto algo: ¡esta niña no escondía su castillo! ¡Eso le encanto! Y era el castillo mas hermoso que hubiese visto, incluso más lindo que el de él, pensó.
A la mañana siguiente Andrés volvió a su castillo sin poder sacarse a su damisela de la cabeza y a su hermoso castillo.
¿Como olvidarla? ¡Era perfecta!
A la mañana siguiente a primera hora de la mañana salió de su gran castillo, ya no tenía tanto miedo.
Fue por todo el pueblo buscando a la hermosa princesa con la que bailó la noche anterior. Y la encontró.
Ahí estaba, sentada en una silla con su castillito a los pies.
Por desgracia, ella no estaba sola. Habían más príncipes alrededor de ella viendo su castillo (y a ella también)
¿Que hacer?
No pudo hacer nada, volvió a su castillo y se quedó ahí hasta el día siguiente.
Volvió a jugar a las escondidas, y se escondió y pensó, pensó, pensó.
Hablo con los peces pero no le respondían, ¡aunque a él le parecía que si!
Le decían:
¡Háblale!
Ella no quiere hablar conmigo –respondía Andrés.
¡Háblale!
No puedo… está con los otros príncipes.
¡Háblale!
Y a la mañana siguiente se propuso a hablarle.
Salió apurado del castillo y la buscó. La encontró en el mismo lugar de antes, con su castillito a los pies y con príncipes alrededor.
La tomo de una mano y se puso a hablar con ella.
¡Hablaron! ¡Por primera vez Andrés hablaba enserio con algo que le respondía!
-Me encanta tu castillo – le dijo en un momento la princesita
-¿Mi castillo? ¡Pero si no tengo!
-Si lo tienes, ¡en tus manos!
-¿Yo?
-¡Si! Todos tienen un castillo en sus manos, aunque uno mismo no puede ver el suyo.
Hablaron mucho, y la princesa le enseñó más de lo que Andrés había aprendido en toda su vida. ¿Como no amarla si además de perfecta sabía tanto?
Pero estaban los otros príncipes, y el principito Andrés veía como ella los miraba.
Lo único que supo hacer fue ir a su castillo a hablar con sus peces y esconderse.
¿Que más hacer?
Espera a que los peces te respondan principito Andrés, y cuando lo hagan, haz lo que te digan, porque siempre van a tener razón.
johnny 11:56 pm el enero 5, 2011 Permalink |
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